Ejercicios de Cuaresma

Por: P. Ramón Tapia, Diócesis de Valparaíso. EL AYUNO: SANAR LA IDOLATRÍA DEL PLACER Este ejercicio espiritual es para liberarse del apego a nuestro cuerpo. No sabemos decirle que no a nuestro cuerpo, a nuestras ganas y nos esclavizamos a la comida, a la bebida, a los remedios, al sueño. Nuestro cuerpo no es libre y …

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Por: P. Ramón Tapia, Diócesis de Valparaíso.

EL AYUNO: SANAR LA IDOLATRÍA DEL PLACER

Este ejercicio espiritual es para liberarse del apego a nuestro cuerpo. No sabemos decirle que no a nuestro cuerpo, a nuestras ganas y nos esclavizamos a la comida, a la bebida, a los remedios, al sueño. Nuestro cuerpo no es libre y por eso nos cansamos tan fácilmente, no hacemos deporte, no caminamos ni una cuadra. El ayuno nos ayuda a ser dueños de nuestro cuerpo y no que nuestro cuerpo nos mande. San Francisco de Asís le decía al cuerpo que era como el burrito porfiado y por eso necesita disciplina.

Mateo 6,16-18: Tú en cambio cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto te recompensará.

El ayuno cuaresmal tiene la intención pedagógica de dominar nuestro cuerpo, nuestro instinto. No está muy de moda el ayuno. La gente se deja llevar por comer y beber cosas “ricas”, o sea comida chatarra. No comen para vivir sino que al revés viven para comer. Hay gente que se deleita conversando sobre comidas. Dicen que antiguamente la gente se enfermaba por falta de comida; en su niñez habían tenido poca comida y eso repercutía en su vida adulta (desnutrición). Ahora las enfermedades son al revés porque nos enfermamos porque comemos demasiado y mal. La diabetes, gastritis, los problemas de corazón, etc. Tienen raíz de exceso de comida. Muchos niños hoy son obesos. Pero cuando nos enfermamos lo primero es que el médico nos quita la comida que daña.

El ayuno nos sirve para dominar nuestro cuerpo, saber decirle que no. Si tiene ganas de comer, crecer en la voluntad y libertad para decir que no. No es para lucirnos y creernos más santos que los demás. El ayuno y toda acción cristiana es mirando al Padre que nos ve en lo secreto, no buscando la aprobación de los hombres.

En el Mensaje de Cuaresma 2026 el Papa León nos dice sobre el ayuno: Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

LA LIMOSNA: SANAR DE LA IDOLATRÍA DEL TENER

Nos abre hacia los demás,

Este mandato del Señor es para desprendernos del apego que le tenemos a las cosas materiales, simbolizado en el dinero. Somos muy materialistas y para vivir con alegría y esperanza es necesario liberarse de este verdadero ídolo. Las cosas materiales y el dinero son lo menos importante de lo que tenemos. Jesús dice: no se puede servir a Dios y al dinero. Y también dice: Tuve hambre y me diste de comer. Las cosas materiales no son para acumularlas sino para compartirlas.

Nos dice el Papa León en DILEXI TE.

115. Es bueno dedicar una última palabra a la limosna, que hoy no goza de buena fama, a menudo incluso entre los creyentes. No sólo no se practica, sino que además se desprecia. Por un lado, confirmo que la ayuda más importante para una persona pobre es promoverla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse una vida más acorde a su dignidad, desarrollando sus capacidades y ofreciendo su esfuerzo personal. El hecho es que «la falta de trabajo es mucho más que la falta de una fuente de ingresos para poder vivir. El trabajo es también esto, pero es mucho, mucho más. Trabajando nosotros nos hacemos más persona, nuestra humanidad florece, los jóvenes se convierten en adultos solamente trabajando. La Doctrina Social de la Iglesia ha visto siempre el trabajo humano como participación en la creación que continúa cada día, también gracias a las manos, a la mente y al corazón de los trabajadores». [128] Por otro lado, si aún no existe esta posibilidad concreta, no podemos correr el riesgo de dejar a una persona abandonada a su suerte, sin lo indispensable para vivir dignamente. Y, por tanto, la limosna sigue siendo un momento necesario de contacto, de encuentro y de identificación con la situación de los demás.

119. Por esta sencilla razón, como cristianos, no renunciamos a la limosna. Es un gesto que se puede hacer de diferentes formas, y que podemos intentar hacer de la manera más eficaz, pero es preciso hacerlo. Y siempre será mejor hacer algo que no hacer nada. En todo caso nos llegará al corazón. No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres.

LA ORACIÓN: NOS SANA DE LA IDOLATRÍA DEL YO

Nos abre hacia arriba, hacia Dios.

Toda la vida cristiana es para unirnos más al Señor y ser parecidos a Él. Por eso necesitamos crecer en la oración. Rezar más y mejor. No contentarse con la oración a la rápida y hecha sin pensar. Detenernos todos los días unos minutos para hablar con Dios y sobre todo para escucharlo en su Palabra. Perdemos tanto tiempo en cosas inútiles y el Señor está siempre esperándonos para escucharnos, para hablarnos, para consolarnos, para darnos su fuerza.

El Papa Juan Pablo PDV 72 nos decía a los sacerdotes que la oración necesita una continua reforma. La experiencia enseña que en la oración no se puede vivir de las ganancias del pasado (de rentas). Cada día necesitamos no solo renovar nuestra fidelidad externa a los momentos de oración, especialmente los dedicados a la celebración de la Liturgia de las Horas y aquellos que se dejan a la elección personal y no se ven reforzados por momentos fijos de servicio litúrgico, sino también esforzarnos constantemente por experimentar un auténtico encuentro personal con Jesús, un diálogo confiado con el Padre y una profunda experiencia del Espíritu.

El Papa Francisco en su carta sobre la santidad nos enseña la oración constante: 147. Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos.

148. San Juan de la Cruz recomendaba «procurar andar siempre en la presencia de Dios, sea real, imaginaria o unitiva, de acuerdo con lo que le permitan las obras que esté haciendo»[109]. En el fondo, es el deseo de Dios que no puede dejar de manifestarse de alguna manera en medio de nuestra vida cotidiana: «Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a él su corazón»[110].